El mar · la historia entera
La explosión cámbrica
Por qué la IA está en el momento en que la vida probó todas las formas, y qué se hace cuando nadie puede saber cuál queda.
Si no leéis más que esto
Hace 540 millones de años la vida probó de golpe casi todas las formas de cuerpo posibles. Luego murieron casi todas. Entre las que quedaron, un gusano que no prometía nada: no tenía armadura, tenía una columna. Sobre esa columna se construyó todo lo que tiene espalda.
La IA está en ese momento. De la cantera salen dos lecciones que parecen contrarias y no lo son. Una: probad muchas formas, porque no se puede saber cuál prende. Dos: montadlas todas sobre la misma columna, porque empezar de cero cada vez arruina. Lo que hacemos con eso está al final.
01Lo que pasó hace 540 millones de años
Durante más de tres mil millones de años la vida en la Tierra fue básicamente barro con bichos blandos. Cosas simples, sin ojos, sin patas, sin boca. Tres mil millones de años sin que pasara gran cosa.
Y entonces, en unos veinte millones de años —que en tiempo geológico es un pestañeo—, aparece de golpe casi todo. Ojos. Caparazones. Patas articuladas. Bocas con dientes. Depredadores y presas. Aparecen a la vez, en el mismo momento, prácticamente todos los diseños básicos de animal que existen hoy: el de los insectos, el de los caracoles, el de las estrellas de mar, el nuestro.
A eso se le llama la explosión cámbrica. Y lo importante no es que apareciera mucha vida. Es que apareció mucha variedad de diseño. No fueron mil especies parecidas: fueron docenas de maneras radicalmente distintas de construir un animal, probadas todas a la vez.
La naturaleza no eligió un plan y lo perfeccionó. Sacó cincuenta planes a la calle y esperó a ver.
02La cantera que un señor muy importante metió en las cajas equivocadas
En 1909, un paleontólogo americano llamado Charles Walcott encontró en las Rocosas canadienses una pared de pizarra con miles de fósiles del Cámbrico conservados de una forma rarísima: no solo el caparazón, también las tripas, las branquias, los tejidos blandos. Se llama el Burgess Shale, y es la mejor foto que tenemos de aquel momento.
Walcott no era cualquiera: era el secretario del Smithsonian, el hombre más poderoso de la ciencia americana de su época. Se llevó decenas de miles de piezas a Washington, las estudió, y las clasificó todas dentro de los grupos de animales que ya conocíamos. Este es un cangrejo primitivo. Este, una gamba. Este, una medusa.
Se equivocó en casi todo. Y se equivocó por la razón más humana que hay: metió lo nuevo en los cajones que ya tenía.
En 1967, un equipo de Cambridge —Harry Whittington con dos doctorandos, Derek Briggs y Simon Conway Morris— volvió a abrir las cajas de Walcott. Y lo que encontraron no cabía en ningún cajón:
- Opabinia tenía cinco ojos y una manguera con una pinza en la punta, saliéndole de la cara. Cuenta Gould que cuando Whittington enseñó la reconstrucción en una conferencia, la sala se echó a reír. Pensaban que era una broma.
- Anomalocaris estaba clasificado como tres animales distintos: su boca era una medusa, su brazo era una gamba, y su cuerpo era una esponja. Eran tres trozos del mismo bicho, un depredador de medio metro, el tiburón de su época.
- Hallucigenia se reconstruyó durante años del revés y boca abajo. Le pusieron las patas donde tenía las púas y la cabeza donde tenía el culo.
Quedaos con esto, porque es la parte que más se parece a lo de ahora: el error no fue no tener los datos. Walcott los tenía todos, en cajones, en su despacho, durante veinte años. El error fue mirarlos con las categorías de lo que ya existía.
03El dibujo que le da la vuelta a todo
En 1989, Stephen Jay Gould escribió un libro sobre esto que se llama La vida maravillosa. Su golpe fuerte es un dibujo.
Todos tenemos en la cabeza la evolución como un cono que se va abriendo: empezamos con dos o tres bichos simples, y con el tiempo eso se va ramificando en más y más variedad, hasta llegar arriba del todo, a lo más complejo, que casualmente somos nosotros. Es la imagen del progreso.
Gould dice que es exactamente al revés.
Es decir: lo ancho está abajo, no arriba. La variedad real de ideas se dio de golpe, al principio. Todo lo que vino luego fueron variaciones dentro de los pocos diseños que sobrevivieron a la poda.
04Rebobinar la cinta
Aquí llega lo bueno, y es la pregunta que hace que el libro merezca la pena. Gould la formula así: si se rebobinara la cinta de la vida hasta el Cámbrico y se dejara correr otra vez, ¿saldría lo mismo?
Y su respuesta es que no. Que saldría un mundo completamente distinto, y que casi con toda seguridad no estaríamos nosotros. Porque los que sobrevivieron a la poda no eran demostrablemente los mejores. Muchos de los que se extinguieron eran, sobre el papel, mejores bichos: mejor blindados, mejor armados, mejor adaptados a aquel mar. Y se fueron igual.
El ejemplo que usa para rematarlo es un bicho del Burgess llamado Pikaia: un gusanito insignificante, escaso, de los que nadie habría apostado un duro. Tenía una varilla rígida recorriéndole el cuerpo. Esa varilla es la primera columna vertebral. De ese don nadie venimos todos los vertebrados: los peces, los perros, los caballos, nosotros.
El antepasado de todo lo que tiene espalda era, en su momento, el bicho menos prometedor de la cantera.
Eso es lo que revuelve. No es que se pueda elegir mal. Es que en el momento de elegir, la información para elegir bien no existe todavía. No estaba disponible ni para el mejor paleontólogo del mundo mirando los fósiles con lupa durante veinte años.
05Y ahora el contraargumento, que es igual de importante
Contar solo a Gould sería vender media película, y media película es exactamente lo que mete en líos.
Uno de aquellos dos doctorandos de Cambridge, Simon Conway Morris —el que hizo el trabajo sucio de reconstruir los bichos— acabó escribiendo un libro para llevarle la contraria a Gould. Su tesis es la opuesta: que la rareza de aquellos animales era superficial, que por debajo se parecen mucho más de lo que parece, y que si se rebobinara la cinta saldría otra vez algo muy parecido.
Su argumento se llama convergencia, y es difícil de rebatir: el ojo, por ejemplo, se ha inventado solo, de cero, decenas de veces en linajes que no tenían nada que ver entre sí. El vuelo, cuatro veces. Cuando una solución es buena de verdad, la evolución la encuentra una y otra vez, venga por donde venga. Su frase es:
Las rutas son muchas; los destinos, pocos.
Y el tiempo le ha dado bastante la razón en lo técnico: Anomalocaris y Opabinia, los dos monstruos que no cabían en ningún cajón, hoy se consideran parientes primitivos de los artrópodos. Eran raros, sí, pero no eran de otro planeta: eran el borrador de algo que sigue vivo.
06La síntesis, que es lo que de verdad vale
Parecen dos tesis enfrentadas y en la práctica son las dos mitades de la misma jugada:
Gould · contingencia
No se puede saber cuál va a prender. Por tanto: sembrad en muchos sitios. Quien se lo juega todo a un plan pierde por definición, porque la información para elegir ese plan no existe aún.
Conway Morris · convergencia
Hay pocas soluciones buenas, y todas acaban pareciéndose. Por tanto: montadlo todo sobre la misma columna. No hace falta inventar un esqueleto nuevo para cada sitio.
Juntas sale la única regla que nos sirve:
Muchas formas, una sola columna.
Es, literalmente, lo que pasó después: el pez, el pájaro, el caballo y nosotros somos formas muy distintas montadas sobre la misma columna.
Sembrar en muchos sitios no es dispersarse. Dispersarse es empezar de cero cada vez. Sembrar es meter lo mismo en sitios distintos, y doblar la apuesta donde prenda. La diferencia entre las dos cosas es lo que cuesta el segundo intento: si el segundo cuesta lo mismo que el primero, os estáis dispersando. Si cuesta la mitad, estáis sembrando.
07Las tres reglas, para no perder el hilo
- Sembrar barato.Un experimento que cuesta poco se puede tener cinco veces a la vez. Uno que cuesta caro obliga a acertar a la primera, y a la primera no se acierta.
- Muchas formas, una columna.Las rutas son muchas y los destinos pocos. Cambia la forma; la columna se queda. Si el segundo intento cuesta lo mismo que el primero, algo está mal montado.
- Podar antes de que pode el mundo.La decimación llega igual. Lo único que se elige es si se decide a tiempo o la deciden otros. Lo que no prende en un plazo fijado de antemano, se corta sin pena.
De dónde sale esto. Stephen Jay Gould, La vida maravillosa: Burgess Shale y la naturaleza de la historia (1989) — la tesis de la contingencia, el dibujo del cono y lo de rebobinar la cinta. Simon Conway Morris, The Crucible of Creation (1998) y Life's Solution (2003) — la réplica de la convergencia. El yacimiento lo encontró Charles Walcott en 1909; el equipo que lo reinterpretó fue el de Harry Whittington en Cambridge desde 1967, con Derek Briggs y el propio Conway Morris.
Una honestidad. Gould escribió en 1989 y parte de su tesis fuerte está hoy discutida: varios de los «monstruos» que él daba por diseños únicos se han reubicado después como parientes primitivos de grupos que siguen vivos, y hoy se conocen fósiles de cordados algo anteriores a Pikaia en China. La idea grande —que la variedad de diseños fue máxima al principio y que la poda no premió necesariamente a los mejores— sigue en pie. El detalle, no del todo.
Muchas formas, una sola columna. Eso es lo que hacemos con esta historia.
Lo que se cambia: el modelo, la herramienta, el proveedor. Formas que nacen y mueren; se prueban baratas y se podan a tiempo.
Lo que es vuestro y se queda, la columna: una memoria, un criterio escrito y alguien que responde con su nombre. Sobre eso se sube.
Exedra · septiembre de 2026